Los pastores ya lo abandonaron, acá queda su albergue, incluso el cercado para un ganado que ya no lo pisará más. Las nieves perennes copan el frente de nuestra visión, con el solitario río bajando hasta su final por el fondo del hondo valle.
La huella del hombre permanece aquí, pero cada vez más olvidada, quién sabe si por los misterios que dicen llegar tras el ocaso del astro rey. Pero eso son patrañas, pensamos mientras comemos y bebemos, y volvemos a beber, en la campestre mesa que nos permite disfrutar de tan maravillosas vistas.
Y cae la noche. La hoguera brilla dentro del refugio, la luz nos la regala un pequeño motor de dos tiempos a cambio de un poco de gasolina. La noche es oscura ahí fuera, tan oscura que parece impenetrable, un muro de negrura que no invita ni a mirarlo.
Mejor cerrar ventanas y puerta, no sea que nos invada la nada. Aunque algo hay. Pum, un golpe. Pum, otro. Fuera la luz. El motor se ha cansado, sólo queda el resplandor de una hoguera que desfallece. Pum, otro golpe. No hay con qué alimentar a la hoguera. La noche también cae en el interior del refugio. Sólo hay una solución: tratar de encender el motor. Pum, otro golpe. Salir o no salir, vencer el miedo o sucumbir a la oscuridad. Al miedo a lo desconocido. Al causante de los golpes. El causante de tu pavor. El miedo es fuerte, vence, oscuridad, tinieblas, y frio. Frio negro, hoguera apagada. Pum! Algo se mueve ahí fuera. Todos arrejuntados, espalda contra espalda, una pala en una mano, un hacha en otra. PUM!! Otro golpe más fuerte en la puerta.
Y después, el silencio, sólo roto por algún castañeo de dientes, producto del frio. Producto de la oscuridad. Producto del miedo.
En la mañana volverá la esperanza, el sol vencerá al miedo, que se irá, como este relato.
Descansad con ojo abierto, el misterio sigue ahí.
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