miércoles, 29 de agosto de 2007

Adiós, querido enemigo

Bendito cabrón, bueno, maldito, eso es lo que pensé cuando le marcaste el gol al Schalke 04. Es que yo soy del Betis, tio. También habré deseado que se te liaran las piernas en más de una ocasión, y, sin embargo y aunque parece políticamente correcto dadas las nefastas circunstacias, eras, eres, uno de los poquitos que me caían bien del barrio de enfrente, es cierto. Me hubiera gustado que ficharas por el Madrid, o cualquier otro, pero este era el que sonaba más, porque así podría decir abiertamente qué pedazo de futbolista y cuanto me gusta sin reconocer que lo decía sobre un sevillista. Qué cosas, que tenga que ocurrirte esto para que yo te lo reconozca. Y 'yo' va detrás de miles y miles de españoles que lamentamos que no le metieras otra volea, como aquella ocurrida dos dias después de mi vigésimo cuarto cumpleaños, a la muerte, y perdieras tu último partido. Pero llevabas desventaja. La desventaja de no ser Dios y decidir sobre la vida. La de no controlar el ADN que hizo que tuvieras un corazón defectuoso.

Y ahora que estás ahí arriba junto a tu abuelo, que no te vió a ras de suelo correr la banda sino desde el tercer anfiteatro, déjame hacer una pequeña reflexión, y diles a aquellos que te encuentres, a aquellos que van en tu misma dirección a la eternidad, a aquellos que no hemos llorado por desconocimiento, que siento no haber sentido su muerte como la tuya, pero igualmente le doy mi más sincero pésame a sus familias.

Pérmiteme también en esta carta abierta que te envío sin dirección de destino un pequeño párrafo para acordarme del señor Paco Umbral, que no merecía mucha atención por mi parte como escritor pero, como se dice, algo tendrá el agua cuando la bendicen, y a una gran actriz como Emma Penella. Descansen en paz.

¿Sabes? Cuando veo todas las imágenes de los aficionados llorando, me acuerdo de una niñita de apenas 10 años, que sé que habrá llorado por tí, que para hacerla rabiar nos metíamos con Antonio Puerta: ella también te defendía a muerte, también ha llorado tu muerte. Para Sara eras su ídolo, y para su hermano Pepe un espejo en el que mirarse, aún sin tener edad para saber que es eso.

Requiescant in pace, Antonio Puerta

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